POR:MARÍA JOSÉ TROYA

POR:MARÍA JOSÉ TROYA

EL POSTRE VA PRIMERO

En cada trocito de dulce se saborean un instante de la niñez, una pausa de la agobiante rutina, un pedazo inesperado de placer…

La gran Celia siempre lo supo: el ‘azúca’ es lo que da vida a la vida. Para los hedonistas, la búsqueda del placer no estaría completa sin saborear los manjares que esconden su exquisitez bajo estridentes capas de colores, de masa, de crema, de chocolate. Las posibilidades son infinitas.
Un buen sibarita sabe que debe probar de todo, pero con conciencia de dejar siempre un gran espacio para los deleites azucarados. O bien, empezar por ellos porque, ¿para qué perder tiempo y hacer la espera más angustiosa?
Entonces el recorrido, si es que estuvieras paseando por las eclécticas calles de Argentina, digamos en Buenos Aires, empezaría temprano. El olor a pan caliente, a horno encendido sería la mejor motivación para ir a pie por la ciudad. Y bastaría con buscar uno de los tesoros más sutiles que sus artesanos ofrecen: las facturitas. Es una bolsita llena de masas de todo tipo, de esas que a uno le dejan con la prueba del delito en la boca gracias a la generosa porción de azúcar impalpable o de manjar que se derrite con tan solo mirarla. Fueron llamadas así por la migración europea que llegó a ese país —en su mayoría eran anarquistas o comunistas— y que al trabajar en el oficio de la pastelería decidieron darles nombres irónicos a sus creaciones para burlarse del poder del Estado. Así, se amasaron entonces los vigilantes, cañoncitos, suspiros de monja, mediaslunas, bombas y bolas de fraile, entre otros, llenos de manjar, de dulce de membrillo, de dulce de leche, de cremita pastelera. Delicados todos, hechos con la magia de las manos que aún viven del oficio sin industrialización, con el aroma del pan recién hecho al que nadie se resiste.
¿Quieres la experiencia completa? Las facturitas son la compañía ideal para el mate, a cualquier hora del día.

UN MORDISCO A LA GRAN MANZANA
Nueva York: guilty pleasure en sí misma. Con Chelsea Market en auge para la nueva generación que busca lo green y lo gluten free chic, con el New York cheesecake como insignia en toda la urbe y una infinidad de creaciones pasteleras en cada esquina, hay un espacio que ha logrado que se hagan filas diarias para saborear sus famosos y fotogénicos cupcakes: Magnolia Bakery.
Ubicada en Bleecker Street —la zona cool del momento—, esta panadería ofrece una gama multicolor de panecillos, pasteles, panes, galletas y pies, entre otras creaciones salidas de un catálogo. Pero hay uno en particular que se destaca y ha sido el sabor del deseo: el banana pudding. Un vasito personal que cuesta $ 4,50 y que es la gloria en sí mismo. ¿Qué tiene de especial? Banana, crema, wafers de vainilla y alguna otra cosa que no se describe en el menú pero se sabe que es marketing. Resulta que esta cafetería hizo una micro aparición en un capítulo de Sex and the city, mientras Carrie Bradshaw y su amiga Miranda comen este postre y hablan de amor. La historia de Magnolia Bakery dio un giro y ampliaron su oferta de postres, se abrieron más locales y franquicias aunque, irónicamente, la tienda en sí nunca creció. No hay sillas, no hay la mítica banca afuera para sentarse, pero hay la promesa de saborear “a lo que sabe el amor”.

BATE QUE BATE, PERO NO ES CHOCOLATE
Es el helado de paila. Fresco, ligero, sabroso y con mucha historia por contar. En Ecuador es uno de los favoritos porque la abundancia de frutas y la variedad de sabores ha permitido que este se convierta en uno de los postres icónicos, sobre todo de la provincia de Imbabura donde fueron creados.
Se elaboran en una enorme paila de bronce, con bloques de hielo y un brazo fuerte que esté motivado por compartir la herencia de la abuela. Rosalía Suárez fue la precursora (en 1896) y ahora su nombre es sinónimo de este sabor infaltable en los días de verano.
Los favoritos son de mora, leche, taxo, mango, guanábana, frutilla, anís, naranjilla… la lista podría seguir, pero es mejor ir a probarlos.

CHURROS CON CHOCOLATE, CHOCOLATE CON CHURROS
Rebosan de aceite y al morderlos se escucha el crujiente sonido de su sabor que viene empapado de chocolate o cubierto de azúcar impalpable. Cada país se jacta de tenerlos, incluso dicen que los chinos fueron sus creadores, pero la verdad es que en España ya son parte de la tradición gastronómica desde hace siglos.
Se recomienda, sin lugar a dudas, hacer un tour de churros por la deliciosa San Sebastián, País Vasco, y mejor si es en época de invierno para calentar el cuerpo y alegrar el corazón con ese tazón de chocolate espeso, muy, muy oscuro y tremendamente dulce que provoca hacerle un refill ilimitado. Son perfectos para el desayuno, para la media tarde, para cerrar el día con armonía.
Santa Lucía y La Madame son las churrerías más famosas y aunque la fila puede ser larga, vale la pena.
Y un dato importante, vienen varios churritos en cada paquete, pero son porciones personales. No compartibles, no negociables, no transferibles. Después de probarlos entenderás el porqué.

CRÈME BRÛLÉE, EL PODER DEL FUEGO
Su nombre francés, su apariencia perfecta, su sabor delicado y aromatizado con vainilla la convierten en una de las favoritas del mundo entero.
Viene en una pequeña cazuelita, a veces flameada, y, aunque uno esté dispuesto a admirarla por su presentación, la tentación de romper su caramelizado cascarón pesa más.
Cuchara adentro, la experiencia es otra: cierra los ojos y deja que los sabores de la leche, las yemas y el azúcar cobren vida en tu paladar. A esta delicada natilla se la disputan los franceses y los ingleses pero, como toda buena creación, es universal.